Si todo irredento sumiso al jefe, refractario a toda iniciativa, es garantía de exasperación, su conveniente docilidad, eximente de toda responsabilidad, le convierte en un peligro potencial no ajeno a muchas desgracias.
Hace tiempo que no me ocupada de mi colección de tipos infames, de esos seres despreciables que conforman los bajos fondos de la condición humana cuyos exponentes debieran exhibirse en un museo para enseñar a los niños lo que no deben ser. Hoy las circunstancias me llevan a incorporar a los ya tratados cenizos, pelotas, cotillas, resentidos, chivatos, mediocres y mezquinos, a los “mandaos”; seres cuya interesada obediencia ante quien ostente el mando, sea este quien sea, siempre es causa de frustración pudiendo llegar a resultar muy nocivos.
Quién no se ha enfrentado a la sin par respuesta «yo soy un mandao» con su remate, «a mí no me eche la culpa, solo cumplo órdenes». Contumazmente implacables, sin cuestionar orden alguna, los “mandaos” no vacilan en hacer gala de su subordinación con tal de evitar la responsabilidad o que se les pueda achacar alguna discrepancia con el mando que ponga en riesgo su statu quo o sus ambiciones.
Siempre han existido “mandaos” en todas las escalas sociales y empleos, pero antes, manifestar esta actitud era más propia de las categorías más bajas de subordinados. Quienes ocupaban algún tipo de jefatura si caían en tan mísera condición al menos trataban de disimularlo. Ser un buen profesional, no digamos jefe, u ostentar el mando implicaba aceptar la responsabilidad que ello conlleva. Escudarse en la obediencia debida era un recurso extremo y un tanto vergonzante que, por cierto, hace tiempo que dejó de ser causa eximente en los ámbitos penales civiles y militares.
Hoy sin embargo parece que el clima social en el que los principios morales y éticos se han visto capitidisminuidos cuando no licuados y la irresponsabilidad se ha extendido, los “mandaos” son legión. Te los puedes encontrar en cualquier lugar; da igual que sea empleado, directivo, funcionario o cargo político. Unos actúan como “mandaos” sin despeinarse, otros tratan de paliar su vergüenza con un “si yo pudiera, pero son las órdenes” y no pocos ejercen de ello sin manifestarse. A mi entender estos “mandaos” ocultos son los más peligrosos.
Ciertamente no todos los “mandaos” ocasionan el mismo perjuicio. Aquel que te dice “esto es lo que hay, sigo instrucciones”, puede generar mayor o menor trastorno según la relevancia de su quehacer, pero al menos da la cara. Aunque verdad es que cuando su cometido, por limitado que este sea, es pieza clave en el engranaje, deja de ser una molestia para convertirse en un problema. Quedarse tirado, perder una oportunidad o incumplir un plazo por la negativa de un “mandao” a atenderte pudiendo hacerlo sin mayor esfuerzo no es algo infrecuente. Menos mal que existen los antídotos de los “mandaos”; las muchas personas empáticas.
Pero como decía, entre tanta diversidad de “mandaos” los peores y potencialmente más dañinos son los ocultos; esos, muchos, demasiados, que pasan desapercibidos y que se mueven en la penumbra. Dominados por una nefasta combinación de miedo y conveniencia no sólo no cuestionan instrucciones recibidas por mucho que sus capacidades y conocimientos les permitan saber que no son correctas, además, si la orden es callar, callan. Son los colaboradores necesarios que posibilitan esa omertá culposa que demanda toda acción política negligente y corrupta permitiendo mantener bajo la ley del silencio alertas, informes, datos, errores y omisiones, cuyo afloramiento a tiempo podría evitar graves males.
Comenzaba diciendo que las circunstancias me han llevado a ampliar mi particular colección de especímenes humanos despreciables incorporando a los “mandaos”. El penúltimo siniestro ferroviario cuyos antecedentes de avisos ignorados han sido la pauta de otras tragedias anteriores, ha motivado esta reflexión. Se exigen con toda razón explicaciones, rendición de cuentas y responsabilidades políticas, pero que poco se habla de los “mandaos” ocultos.
