El mayor respeto que cabe profesar a un muerto es haberle respetado en vida.
Tras el segundo accidente ferroviario con más víctimas sufrido en España en los últimos cincuenta años, 45 fallecidos y en torno a 290 heridos de distinta gravedad, la palabra que más he escuchado ha sido «respeto». Como primera reacción, es razonable pedir que se respete el dolor de víctimas y familiares sin mediar otras consideraciones. Pero habiendo dejado el espacio que el luto, el duelo y la aflicción merecen, cuando las autoridades siguen reiterando el término «respecto», cabe pensar que ya no se refieren tanto a las víctimas como a sí mismas.
Si bien la primera idea que nos puede sugerir la palabra «respeto» es la de ese valor moral elemental para la convivencia que implica reconocer y aceptar al otro, esta no es la única. Como nos enseña el diccionario, varias son sus acepciones con significados muy distintos; desde miramiento, consideración o deferencia, hasta acatamiento, obediencia o sumisión. Cierto es que no siempre es fácil deslindarlas, pero según el contexto y sobre todo quién utilice la palabra, es sencillo percatarse.
De sobra conocidos los antecedentes del gobierno, cuyas actitudes autoritarias por reiteradas son evidentes, es lógico pensar que, cuando piden respeto, más bien están reclamando obediencia. Pero, a pesar de su notoria capacidad para ocultar sus intenciones, en este caso enmascarando su exigencia interesada de respeto con el que merecen las víctimas, el trampantojo, precisamente por habitual, ya no les funciona.
Habrá quienes, llevados por su veneración al gobierno -otro sinónimo de respeto- le quieran creer, pero cada vez son menos, porque ya son demasiados los que han padecido sus trampas. Por ello, porque la fórmula está desgastada, han reforzado su petición de respeto con la exigencia de lealtad a las instituciones, es decir, a ellos. Una vez más, envolviéndose en banderas respetables, exigen adhesión. Eso sí, sin abandonar su manido recurso a alertar frente a bulos, desinformadores y demás fuentes informativas tóxicas, instando reiteradamente a fiarse únicamente de la información oficial.
A la postre, lo que demanda el gobierno es que, ante todo, guardemos un muy respetuoso silencio. Y, dado que los silencios tienen tantos tonos como los colores, la estrategia no está mal traída pues cada cual es libre de escoger el motivo del suyo; miramiento, miedo, cobardía, equidistancia, complicidad o indiferencia. Da igual, todos sirven al mismo propósito; silenciar la verdad. No obstante, tantos silencios, tantas veces exigidos y asumidos ante tantas desgracias, acaban generando un silencio atronador que sale a borbotones por las costuras reventadas de un país a la deriva.
Entre las diversas señas de identidad de un gobierno encanallado hay dos que no tienen perdón de Dios. Una es el recurso al frentismo entre compatriotas y la promoción de tensiones cómo medio de subsistencia y la otra, la indiferencia por la suerte de los gobernados. Para nuestra desgracia de ambas da muestras a diario el gobierno y quienes lo sostienen y jalean y, aunque diferentes, las dos tienen un denominador común; la falta de respeto a los ciudadanos y a sus vidas.
Algunos pensarán que es una afirmación exagerada, pero aunque resulte harto difícil creer que quepa actitud política tan vil, así lo evidencia la realidad. Lo han demostrado en muchas ocasiones y con muy graves consecuencias; la pandemia, retrasando avisos y mintiendo o, las inundaciones de Valencia, no ejecutando a tiempo las obras precisas y condicionando la ayuda, son dos muestras.
El caso que nos ocupa, el accidente ferroviario, es otro ejemplo paradigmático. Han hecho falta decenas de muertos y centenares de heridos para que los españoles nos enteremos “oficialmente” que existen puntos negros en nuestras infraestructuras ferroviarias. Hecho que ya muchos usuarios traqueteados intuían, por lo general en sufrido silencio, del que los maquinistas alertaron en denuncias, burocráticamente silenciadas, y que, reiteradas “incidencias”, silentemente diluidas, ponían de manifiesto.
Que ahora el gobierno, a raíz del accidente, haya decidido reducir la velocidad de los trenes en líneas ajenas al mismo, alegando que es por seguridad, evidencia que durante demasiado tiempo ha permitido que millones de viajeros asuman un riesgo vital. ¿Cabe mayor prueba de desprecio a los ciudadanos que la indiferencia respecto de su seguridad?
A las personas muertas el respeto se les demuestra cuando están vivas y no guardando unos muy respetuosos minutos de silencio.
