De dilemas vitales

Cuando lo que está en juego es la vida humana versus cosas humanas, si estas se elevan a la categoría de símbolos irremplazables glorificándolas, aunque resulte odioso, preservarlas tiende a prevalecer.

Hace unos días volví a ver la gran película “El Tren” (1964), magistralmente dirigida por John Frankenheimer. Basada libremente en hechos reales en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, su argumento, envuelto en una intensa acción con dosis de suspense, va más allá del acostumbrado cine bélico, lo cual no ha impedido que sea considerada una de las mejores cintas de este género. En un vibrante entorno ferroviario, magníficamente retratado en escenas de máquinas, estaciones, cantinas, averías y espectaculares descarrilamientos y choques, se desarrolla un drama alimentado por un dilema moral sobre el valor del arte frente a la vida humana.

París, otoño de 1944, estando a las puertas los aliados, el fanático coronel Von Waldheim (Paul Scofield), obseso del arte, se empeña en llevarse a Berlín una de las más importantes colecciones de pintura del patrimonio francés. Para ello decide apropiarse de un tren de carga superando las reticencias de su mando que, en plena retirada, prefiere dedicar todos los medios a fines militares. Para evitarlo, la conservadora gala custodia de la colección, señorita Villard (Suzanne Flon), acude a las más altas instancias para que la resistencia lo impida. Desde Londres llega la orden a una pequeña sección de ferroviarios de la resistencia dirigidos por Paul Labiche (Burt Lancaster), de detener el tren sin dañar su cargamento.

En una primera instancia los miembros del grupo de sabotajes con Labiche a la cabeza se oponen: ¿Vale la pena arriesgar vidas humanas por salvar unas pinturas por muy valiosas que sean? Uno incluso pregunta a la conservadora si no tienen copias de los cuadros, a lo que esta responde que esas pinturas simbolizan el orgullo de la Francia Libre. Las circunstancias y en cierta medida el azar llevará a Labiche a cambiar de opinión.

Cuando el viejo y cansado maquinista Papa Boule (Michel Simon), va a tomarse un café antes de conducir la locomotora del tren de Von Waldheim, alguien de la estación le habla de los cuadros, de que ha oído que representan la gloria de Francia; entonces, en lo más hondo de Papa Boule prende una chispa de idealismo que dará un giro a los acontecimientos. Cual frase mágica “la gloria de Francia”, cambia el sentir de los miembros del grupo y Labiche se ve impelido a concebir un ingenioso plan para confundir a los alemanes en cada estación por donde el tren ha de pasar.

Por respeto a quienes no hayan visto la película no destriparé más el relato de los esfuerzos del grupo de Labiche por frustrar los planes del coronel en una frenética carrera contra reloj en la que se ven abocados a situaciones límite otros muchos como Christine (Jeanne Moreau), dueña de una pequeña pensión. Menos aún desvelaré el desenlace. Lo que sí viene a cuento de la reflexión que nos ocupa es destacar que, si bien para muchos “El Tren” ofrece un retrato heroico de la Resistencia Francesa, para otros, dicha imagen puede resultar un tanto desencantada.

Si bien las acciones del grupo resistente pueden ser muy loables, la película también subraya cómo conllevan involucrar a decenas de civiles inocentes, ajenos a la misión, que sólo aspiran a sobrevivir estando ya próxima la liberación. Frente al heroísmo que exige tomar decisiones difíciles, late el dilema del valor de la vida de las personas. Y si bien la historia muestra que en situaciones como las descritas en la película en las que se trata de salvar un patrimonio, en este caso artístico, acostumbra a primar lo material convertido en símbolo, por muy racionalmente humana que parezca la decisión, más se asemeja a una inhumana emoción desmedida.

A la postre, como refleja en este caso “El Tren”, no pocos dilemas vitales que se cobran tantas vidas acaban reduciéndose a duelos personales en los que los elevados valores que inspiran el enfrentamiento quedan diluidos. Personalmente soy de la opinión de que no hay obra de arte cuya conservación merezca el sacrificio de una vida humana ni mayor patrimonio de una nación que sus gentes. Obviamente, ante este dilema cada cual puede tener su opinión, pero si somos sinceros deberíamos preguntarnos si estaríamos dispuestos a dar nuestra vida o la de las personas que más amamos  para preservar unas obras humanas por valiosas que fuesen.

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