Loa a un orador conciso

Una cosa es conocer una materia y otra saber exponerla con claridad, eliminando lo superfluo, dejando que hable lo esencial.

La concisión es una virtud elogiada en la escritura y el habla concisamente definida por el autor de El Criticón, Baltasar Gracián (1604 – 1658), en su famosa frase: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Brillante aserto para cuya aplicación en el campo de la enseñanza o de la comunicación el también escritor, Eugenio d’Ors (1881- 1954), nos dejó una sabia directriz: “Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas, la más elemental; entre dos expresiones, la más breve”.

Claro está que conocer las pautas para ser claro, riguroso y conciso no basta para llegar  a serlo. Por ello sirva esta loa a un orador anónimo que sí lo logró y al que tuve el privilegio de escuchar casualmente hace unas semanas. Acostumbrado a  tediosas homilías, fue muy grata sorpresa oír a un avezado maestro de la concisión hacer uno de los más sucintos y lúcidos comentarios del Evangelio que creo se hayan pronunciado.

El pasaje del evangelista (Mateo 21, 23-27), objeto del comentario fue el siguiente:

En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle:

«¿Con qué autoridad haces esto? Quién te ha dado semejante autoridad?».

Jesús les replicó:

«Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?».

Ellos se pusieron a deliberar:

«Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”. Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta».

Y respondieron a Jesús:

«No sabemos».

Él, por su parte, les dijo:

«Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Como es costumbre, tras la lectura, los fieles se sentaron para escuchar la homilía, pero ninguno esperaba que fuese a ser tan breve: «Dios no responde a quienes no buscan la Verdad”, sentenció el sacerdote y, ante nuestro estupor, se retiró del atril.

¿Cabe explicación más concisa y a la par más clara y sencilla del significado esencial de la respuesta de Jesús ante pregunta tan insidiosa? Como señaló el icónico poeta estadounidense Walt Whitman (1819 -1892), “la simplicidad es la gloria de la expresión”.

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