Cuantas cosas damos por descontado que sólo valoramos cuando faltan.
Un día, tomando copas en una localidad, cuyo nombre no viene al caso, me presentaron a un matrimonio. Durante la conversación sobre las bondades de la villa, la mujer, muy ufana, no perdía ocasión de alardear de su condición de lugareña de toda la vida. Tan cargante se puso la señora y con tal aire de superioridad se jactaba de su condición que, ya harto, no pude por más que decirle que no tenía mérito alguno. Ante su perplejidad y el silencio que se produjo, le aclaré que sentirse orgulloso de la cuna no justifica creerse mejor y menos aún apuntarse el tanto. Ahí acabó la charla.
Recuerdo esta anécdota porque si cierto es que mucho de lo bueno de lo que somos y poseemos nos lo hemos ganado o cuando menos contribuido a ello, raro, muy raro es que no hayan colaborado parientes, amigos, compañeros, conocidos o desconocidos. Más aun, muchas cuestiones relevantes de nuestras vidas y hechos extraordinarios, comenzando por el lugar de nacimiento, dependen de circunstancias totalmente ajenas a nuestra voluntad. Así que, ni deberíamos dar por hecho tantas cosas como si por ser nosotros las mereciésemos, ni tampoco dar por descontado que lo logrado es inmutable o lo que disfrutamos cotidianamente es permanente.
Remedando aquello de que cada día tiene su afán y cada mañana su inquietud, es buen consejo tener presente que más que preocuparnos por el futuro debemos atender las cosas de hoy pues el mañana traerá las suyas. Máxima que, frente a quienes piensen que incita a la imprevisión o que tiene tintes pesimistas, sirve para mantenernos con los pies en la tierra y ayudarnos a obrar en consecuencia. Está bien mirar al futuro, a lo que esperamos del nuevo año, pero sin olvidar y menos aún dar por supuesto y por seguro todo lo bueno que hoy tenemos.
Desde las cuestiones más esenciales como la salud, las relaciones familiares, la amistad el trabajo o la casa, hasta los útiles más comunes, todo es susceptible de verse alterado en un instante. Si es para bien, sea lo que sea, nos alegramos, pero cuando es para mal y tiene importancia lo echamos en falta. No obstante, esa falta ni se siente ni se afronta del mismo modo si en su momento, cuando lo poseíamos, supimos valorarlo y disfrutarlo que cuando no le prestamos la atención debida.
Inclinados a desear aquello de lo que carecemos, tendemos a olvidar o no valorar suficientemente todo lo que ya poseemos, dándolo por descontado, cuando puede ser más efímero de lo que pensamos. Por ello, quizás un buen punto de arranque del nuevo año pudiera ser comenzar por repasar lo bueno que nos rodea en nuestra cotidianidad, pararnos a pensar lo afortunados que somos por poseerlo y detenernos a considerar si realmente lo apreciamos tanto como lo echaríamos de menos si faltase. Igual descubrimos lo mucho extraordinario que se oculta en lo cotidiano.
