Cuantas veces, sea en el ámbito profesional o particular, nos preguntamos el «por qué» de algo sin pararnos a pensar que la respuesta más acertada puede estar en el «para qué».
Entretenido el otro día con una de mis aficiones favoritas, la lectura de una novela policiaca, me dio por pensar que, por lo general, cuando el detective de turno se pregunta el «por qué» del asesinato en muchos casos realmente se está preguntando «para qué». Y así surgió esta breve reflexión que, como veremos, no es baladí pues tiene todo que ver con cómo afrontamos muchas situaciones y su efecto en nuestras vidas.
Según cuentan, Albert Einstein dijo en cierta ocasión que, enfrentado a un problema, dedicaría el 95% del tiempo a determinar la pregunta apropiada y el restante a resolverlo. Obviamente, aunque los tempos asignados puedan resultar lo más llamativo de su enseñanza, lo que Einstein busca resaltar con tamaña exageración es lo determinante que llega a ser plantear bien una pregunta para dar con la respuesta correcta.
Tratándose pues de saber preguntar veamos el caso de dos fórmulas empleadas comúnmente. Siendo el español tan rico en matices que distingue nítidamente entre «por qué» (causa o motivo) y «para qué» (finalidad o propósito), a priori parecería fácil escoger la expresión más adecuada para cada caso. No obstante, no siempre es tan sencillo o, mejor dicho, no siempre la que se supondría correcta ofrece la respuesta apropiada. Y así es por cuanto una primera diferencia relevante entre el uso del «por qué» y «para qué» radica en la intención de la pregunta y aquí es donde los matices pueden difuminarse.
En muchos casos, cuando la intención se circunscribe a querer conocer la causa de algo la elección es sencilla e inmediata; por ejemplo, ante un fallo del ordenador, no se nos ocurrirá preguntar ¿para qué falla? Sin embargo en otros casos la elección no es tan clara. Como señalaba, para resolver un crimen el detective, además del medio y la oportunidad, debe conocer el motivo y por tanto se pregunta «por qué». Si la causa es un mero arrebato acertaría con la expresión escogida, pero si el motivo es más complejo acabará preguntándose ¿para qué lo hizo?, cuál fue el propósito?
Visto que en la elección entre ambas expresiones existen zonas grises, cabe añadir un factor adicional que multiplica los matices; nuestra posición personal respecto de la cuestión planteada. No es lo mismo si actuamos como meros observadores neutrales que si el problema a dilucidar nos afecta personalmente. Muestra de ello son esas expresiones que afloran casi espontáneamente ante situaciones que nos afectan negativamente; ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Aunque se trata de reacciones muy humanas, dada su trascendencia en nuestras vidas, merece la pena plantearse si es la mejor manera de afrontar el problema.
No hay duda de que conocer la causa es, en muchos casos, interesante y necesario para aplicar el tratamiento preciso, pero añadir el «para qué», particularmente cuando la causa es imposible de evitar o conocer, aporta un valor adicional muy relevante; abre nuevas perspectivas. Mientras el «por qué», limita la respuesta a lo que permita el conocimiento existente sobre la causa, pudiendo contribuir además a alimentar una espiral de frustración y victimización, preguntarnos por el sentido del problema o de la situación adversa sobrevenida suele ofrecer respuestas insospechadas que invitan a la acción.
Claro está que abrirse al «para qué» exige un esfuerzo, pero el mero hecho de hacerlo es ya de por sí positivo; nos eleva a otro plano instando a la reflexión y raro es que no descubramos un propósito. De hecho, al no conformarnos con saber la causa y querer hallarle el sentido interiorizamos la pregunta despertando la curiosidad, exigiéndonos un cambio de actitud que contribuye a nuestro desarrollo personal. Y cuanto más graves son los problemas o más duras las adversidades el «para qué», no dirigido a un tercero como el «por qué», nos interpela instándonos a transformar los desafíos en oportunidades.
Todos hemos experimentado que aquello que vemos varía en función del lugar que ocupemos. Por ello, es usual que para contemplarlo mejor además de agudizar la vista cambiemos de posición. Así, aunque el objeto permanezca inmutable, somos capaces de verlo y comprenderlo mejor. Algo similar ocurre con los interrogantes que afrontamos en la vida. Todos hemos experimentado que aquello que vemos varía en función del lugar que ocupemos. Por ello, es usual que para contemplarlo mejor además de agudizar la vista cambiemos de posición. De esta manera, aunque el objeto permanezca inmutable, somos capaces de verlo y comprenderlo con mayor claridad. Algo similar ocurre con los interrogantes que afrontamos en la vida.
Las cuestiones más relevantes que se nos plantean, desde el dolor y el sufrimiento hasta nuestra existencia también son inmutables y a todos se nos presentan por igual. Cómo las afrontamos marcará la diferencia. Optando por cambiar de posición pasando del «por qué» al «para qué» la nueva perspectiva nos permitirá apreciar en el mismo interrogante un sentido que podamos aprovechar. Aquello de que nada bueno aporta quejarse del viento y sí ajustar las velas para seguir avanzando, es una gran verdad.
