Volver al pasado tiene sus riesgos, pero si la fortuna te sonríe además de avivar recuerdos te ofrece una nueva perspectiva de la historia y del presente.
No pocas veces, cuando retornas a un lugar al cabo de muchos años si ha cambiado y los elementos que sostenían tus recuerdos ya no existen, te sientes forastero. Ajeno a lo nuevo queda un vacío de pertenencia, un sentimiento de melancólica soledad al constatar que lo vivido en aquel lugar es agua pasada cuyos únicos remansos son los que han ido quedando en tu memoria.
Afortunadamente mi retorno, tras muchas décadas, al Real Colegio Alfonso XII, fundado hace 150 años, ha sido una muy grata experiencia. Verdad es que contribuyó y mucho contar con dos cicerones de lujo; Domingo Perea Unceta, antiguo alumno y profesor de ciencias, y el agustino P. Javier, custodio religioso. Y qué decir de la compañía de mi mujer María, mis hijos, Javier, Pablo y Macarena, mi hermano Miguel, también antiguo alumno y su hija María, y la de mis nietos mayores Iñigo y Felipe, a los que había prometido enseñarles mi colegio, convirtieron el retorno en una vivencia entrañable.
Sí, disfruté compartir con mi familia el orgullo de ser antiguo alumno de tan notable colegio. Porque el colegio fundado por Alfonso XII en 1875 y regido por los frailes agustinos, sito en el ángulo noroeste del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no es un colegio más. Amén de mis recuerdos, encierra notables tesoros y cientos de curiosidades y anécdotas fruto de su ubicación, de los personajes allí educados y de su historia. Porque sus raíces enlazan con el Colegio de Artes y Santa Teología fundado por Felipe II en el mismo lugar, en 1575.
Volver a recorrer sus claustros fue emocionante, aflorando buenos recuerdos pues los malos una vida sana los diluye. Sentí añoranza retornado a la recóndita capilla con su precioso lienzo de la Inmaculada, el Cristo de Bernini y sus frescos. Disfruté en el paraninfo de San Agustín al pie de cuya vigilante estatua cumplí, como tantos, algún castigo «hasta que el santo baje su brazo» como nos decían. Lo mismo que visitando el gimnasio, los laboratorios, las aulas, y comedores y, especialmente, el extraordinario Gabinete de Historia Natural; auténtico museo dedicado al padre Alfonso García, buen maestro, que se esforzó en su recuperación y que hoy conserva con notable celo y éxito nuestro guía Domingo Perea.
Concluida la visita recordando tantos momentos vividos en el salón de actos cuyo techo lo cubre el mayor lienzo del mundo según dicen, tras buscarme en las fotos de las promociones que cuelgan en las galerías de su entorno, salí a la lonja muy satisfecho. También pensativo, porque la perspectiva que da la edad te permite apreciar más tanto el detalle como el conjunto. Y que el Alfonso XII forme parte de un complejo único en el mundo, no sólo imprime carácter, a poco que reflexiones permite reconocerse parte de una visión que otorgó grandeza a España y cambió el mundo.
La historia de España y del mundo hubiese sido otra si Isabel la Católica no hubiese hecho suya y transmitido una visión forjada en los siglos de reconquista; poner la política, la economía, la diplomacia y el estado al servicio de la fe. Heredada y asumida esta visión por Felipe II cabe afirmar que el complejo que forma el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial es un imponente símbolo tallado en piedra de esta forma de percibir el gobierno y la vida.
No cabe extenderse, pero si comparamos El Escorial con cualquier otro monumento o complejo regio europeo es evidente la diferencia. El palacio no sólo no ocupa lugar preeminente, este está reservado al culto divino, la Basílica, sino que forma parte del conjunto de las funciones que, por deseo de Felipe II, el complejo debía satisfacer y que, junto a las dos mencionadas, son: la espiritualidad monástica, como convento, la piedad filial y enterramiento regio, como panteón, la cultura e investigación, como biblioteca, la formación sacerdotal, como seminario, la caridad con enfermos y pobres, como hospital y la educación, como colegio.
Esta visión que propició su grandeza a España fue diluyéndose a medida que las corrientes secularizadoras y agnósticas se fueron imponiendo hasta que hemos llegado a un punto en el que es difícil saber al servicio de qué o de quien está la política y el Estado. No obstante, para no perdernos, retornando a mi colegio donde leí “Luces de bohemia” del genial Valle – Inclán, conviene volver a adentrarnos en la cueva de Zaratustra para escuchar el coloquio tan vigente que allí tiene lugar sobre la moral de la sociedad: – Hay que resucitar a Cristo, afirma el protagonista Max Estrella. A lo que Don Peregrino Gay contesta; La creación política es ineficaz si falta una conciencia religiosa con su ética superior a las leyes que escriben los hombres. De acuerdo dice Max apostillando: La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte.
