Envuelta en palabrería política, dudosa jerga jurídica y fórmulas simplistas me llegó la tasa de residuos que más que a un tributo justificado se asemeja a ardid de un sablista.
Cuentan que el bohemio y sonetista Pedro Luis de Gálvez (1882 – 1940), experto sableador, publicó El Sable. Arte y modos de sablear. Vistas las artimañas empleadas para endosarnos un nuevo tributo se diría que sus autores gubernativos, legislativos y municipales -en mi caso madrileños- se han inspirado en Gálvez.
Lo justo no requiere de alambicadas explicaciones, tiene una claridad intrínseca que lo hace autoevidente, llano, sin pliegues. Cuando viene acompañado de complejas aclaraciones algo no cuadra y esto es lo que sucede con la tasa de residuos que se nos ha presentado envuelta en argumentos confusos y faltos de rigor.
Primero se deslizó la idea de que la tasa venía impuesta por una directiva comunitaria. Dejando aparte que la UE pare irracionalmente con desenvoltura, en este caso además es falso. La directiva se limita a señalar que los costes de la gestión de residuos correrán a cargo de su productor inicial, del poseedor actual o del anterior poseedor de residuos. Aplicar una tasa figura entre varias opciones para alcanzar el objetivo último; reducir la generación de residuos e incentivar su separación y reciclaje aplicando el principio de quien contamina paga.
Ha sido vía la ley de trasposición de la directiva que, gobierno y legisladores social comunistas, con la improvisación que les caracteriza han optado por la tasa. Caprichosamente han obligado a los ayuntamientos a fijar un tributo específico y diferenciado sin plantearse si es posible hacerlo o no con rigor. Sorprende que el PP, que gobierna en la mayoría de los municipios, a los que tocaría vérselas con los vecinos, se abstuviese, pero eso es otro enigma.
Metido el clavo torcido sólo quedaba ver cómo nos la vendían y para ello los municipales han tirado, como el sablista, de creatividad y un profuso lenguaje. Así, al notificarnos la tasa, tras dejar claro que no es culpa suya se han esforzado en tratar de explicar cómo han calculado la cuota a pesar de desconocer sus elementos principales; cuanta basura genera cada vecino y lo mal o bien que la separa.
En su defecto han parido una bonita fórmula ajena al principio de quien contamina paga y al pago por generación real, como exige la ley, que en nada contribuirá a reducir los residuos generados ni a incrementar su separación. Al contrario, siendo indiferente cuantos residuos generes y si los separas o no, castigando a quienes lo hacen bien, resulta contraproducente. Lo que sí logra la formulita es recaudar más aparentando cumplir la directiva y la ley, pero sin alcanzar a tapar sus debilidades e inconsistencias.
Según explican la cuota tributaria resulta de sumar a una tarifa básica el producto de una tarifa por generación de residuos, por un coeficiente de calidad en separación de residuos. Para estimar la tarifa básica han optado por lo fácil, aunque nada tenga que ver con la generación de residuos, basándose en el valor catastral del inmueble. Alegan que “la tasa, como todos los tributos, también debe tener en cuenta la capacidad económica de los contribuyentes”. Una falsedad que encierra una injusticia; además de que no todos los tributos aplican dicho principio, véase el IVA, permite que, según donde se viva, pueda pagarse mucho más aunque se generen pocos residuos. Que la capacidad económica se tenga en cuenta para arbitrar descuentos o exenciones es una cosa, que sirva para enmascarar un principio de progresividad más propio del IRPF es otra.
Respecto de las tarifas por generación y calidad de separación, al estimarlas por barrios y distritos, ignora los comportamientos individualizados anulando el principio de quien contamina paga. Penaliza no sólo al que lo hace bien sino a todos los vecinos que, por ejemplo, habiten un barrio que genere más residuos por ser mayor la actividad turística o comercial. Para salvar la carencia de datos individualizados tirar de brocha gorda a costa del bolsillo ajeno es simplemente dar sablazos.
Por último, tras tanta explicación, queda sin despejar la duda principal. Si la gestión de residuos se costeaba con cargo al presupuesto financiado con nuestros impuestos, ¿nos están cobrando el servicio dos veces? Como si adivinase la sospecha, el Ayuntamiento, lejos de aclarar la cuestión, primero se adelanta subrayando que el IBI y la tasa son dos tributos diferentes, para, seguidamente, vincularlos afirmando que para mitigar el golpe han reducido el IBI. No sé en otros casos, pero en el mío en absoluto lo compensa.
Al margen de su carga ideológica progre, lo que evidencia la tasa es improvisación y carencia de ideas, redundando en un sablazo injusto, incoherente y del todo ineficaz para el fin perseguido. Tan innovadores que dicen ser, a la postre siempre recurren a lo trillado, al catastro y al tributo, y a tomar a los ciudadanos por idiotas con torpes y retorcidas justificaciones. Luego, sin rubor alguno, vendrán a pedir nuestra confianza.
