El despertar

A veces las personas necesitamos un fuerte revulsivo para reaccionar. Parece que la sobredosis de progresismo y “wokismo” está produciendo un efecto catártico.

Hay que reconocer que la izquierda defiende sus ideas con orgullo, sin vergüenza alguna por fracasadas o irracionales que sean. Así, junto a una actitud de permanente ofensiva arrinconando al contrario, ha propiciado su cuasi hegemónica colonización de casi todos los ámbitos sociales y de buena parte de las mentes. Pero, no hubiese bastado sin la colaboración de esa llamada derecha que, por mor de abrazar la modernidad, ha silenciado las suyas y asumido gran parte del discurso progre.

Dejando aparte a los cínicos oportunistas que por interés toleran y asumen lo que sea menester, la mayoría de quienes, no considerándose de izquierdas, han aceptado su relato lo han hecho por miedo y vergüenza. Miedo a ser señalados y apartados de la grey avanzada y vergüenza de sus principios y creencias. Hacerles sentir vergüenza de sus orígenes, su identidad y su historia ha sido sin duda el mayor logro de la progresía para imponerse y dominar.

En el caso de España, que los unos hayan demonizado ideas, valores y costumbres vinculándolos al régimen de Franco y los otros lo hayan tolerado y asumido, explica parte importante de esa vergüenza. Por ello la izquierda lleva décadas agitando el fantasma franquista para tener domesticadas a las gentes, azuzándolo con mayor intensidad cada vez que se ha visto amenazada. A la postre es un calco del cultivo de la hispanofóbica leyenda negra, tan del gusto de la izquierda, cuyo mayor éxito ha sido que una parte importante de los españoles renieguen de elementos identitarios esenciales de España asumiendo la historia relatada por sus enemigos.

Junto a este pudor enfermizo, otra actitud favorable a la consolidación de la izquierda es la marcada afección y sumisión de la derecha a las instituciones, sin menoscabo de cuál sea su grado de desnaturalización. Muchos se dicen gentes de orden respetuosas con la autoridad, pero al igual que el clericalismo es uno de los peores enemigos de la Iglesia, una excesiva y acrítica adhesión a las instituciones daña el cuerpo social. Si negativo es el anarquismo antisistema, muy peligroso resulta acostumbrar al que manda a escudarse en las instituciones y utilizarlas a su capricho.

Aunque presumen de ello reiteradamente, pensar que la izquierda tiene un elevado sentido del estado y de sus instituciones es craso error. Como evidencia la historia, y el día a día, su respeto por el estado de derecho desaparece tan pronto limita su capacidad para imponer sus ideas e intereses. Lo prevalente es su ideología y la ocupación del poder, ni el pueblo ni el estado ni la democracia salvo cuando quedan subsumidos en el partido. Por ello yerran gravemente quienes, por no ser tachados de radicales, caen en la trampa dialéctica de la izquierda aceptando su decálogo democrático y afanándose en ser los más demócratas en eso del respeto institucional. Ni cabe tolerar lo intolerable ni respetar lo indigno, lo contrario es  hipocresía o simple estupidez.

Pero habiendo sido así hasta la fecha, hay señales de esperanza. Cada día son más quienes, saliendo de su letargo, sintiéndose perjudicados, engañados y apartados, comienzan a despertar. Cierto es que ha hecho falta que el aparente culto, moderno  y tolerante discurso persuasivo progresista haya mostrado su auténtica faz arrogante, dogmática y autoritaria. Hacía falta un fuerte revulsivo para que tan tóxico relato no sólo perdiese simpatizantes, sino que se multiplicasen las voces que aquellos llaman reaccionarias. Sí las de quienes ante la nociva perspectiva vital que se les ofrece y las falsas versiones de la historia que se les pretende vender han reaccionado.

Es el despertar de tantos que ven como se derrumba a su alrededor tanta certeza racional a la par que se fomenta una polarización extrema. Es la corriente que expresa, sin vergüenza, el deseo de conservar todo aquello que sustenta su identidad, desde sus creencias religiosas y valores hasta su modo de vida. Sí, más que de derechas se sienten conservadores de su cultura milenaria y de sus arraigadas costumbres.

Aman todo lo que se les niega; apego a la familia tradicional, a la ley natural y a la vida contraria a la cultura materialista de la muerte, al legado de sus antepasados y a una convivencia pacífica. Desean ser mujeres y hombres, no seres diluidos y enfrentados, padres y madres, no meros progenitores, maridos y esposas, no confusas parejas, seres racionales no depredadores, porque desean ser tratados como personas dignas y libres.

Es el despertar de conciencias liberadas de los falsos dogmas izquierdistas y de una derecha vergonzante, de personas refractarias a toda vejación, insulto y descrédito acuñado por un guion progre que apesta a caduco.

Deja un comentario