Nada nuevo bajo el sol

Siendo grandes y poderosas las capacidades del ingenio humano, también lo son sus limitaciones; realidad que conviene recordar en tiempos tan temerariamente engreídos y proclives al adanismo.

El otro día, en una de esas charlas de café en las que se arregla el mundo, un incondicional de las nuevas tecnologías aseguraba que la inteligencia artificial (IA) permitiría crear cosas insospechadas. Afirmó con rotundidad que la originalidad de los inventos por venir superaría todo lo existente. Los ecos de su apasionada defensa de la IA me acompañaron en mi camino de regreso a casa.

Yendo por partes aclararé que estoy seguro de que, bien utilizada, la llamada IA ofrece grandes oportunidades para el progreso humano. Cosa distinta es que piense que será la llave a la solución de todos los problemas. Me temo que no. Las causas de la mayor parte nuestros principales problemas escapan al ámbito tecnológico y, en aquellos casos en que si aplique, su eficacia dependerá de la calidad de la información que se le suministre y de quien y con qué intenciones lo haga. Y hasta aquí llego con la IA pues no es el objeto de mi reflexión.

Lo que captó más mi atención de la exposición del contertulio fueron sus apasionadas ideas sobre la ilimitada capacidad de la inventiva humana para crear cosas nuevas. Actitud que tampoco me extrañó considerando que vivimos en un entorno cultural en el que se alimenta a diario la arrogancia y el adanismo; ese hábito temerario de despreciar toda experiencia previa y emprender una acción como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente. Lo malo de esa extendida visión es que es tan presuntuosa como falsa.

Por mucho que nos empeñemos, crear algo de la nada no está al alcance de las personas. Tampoco inventar algo ex novo, es decir, desde cero, de forma completamente nueva. Innovar sí. Lo que hace el ser humano es descubrir elementos preexistentes en la naturaleza y utilizarlos. Y no me refiero sólo a descubrimientos geográficos, de estrellas o especies, sino también a las constantes de la física, los fundamentos de las matemáticas, de la química o de la biología. Una vez descubiertos, no inventados, construye lenguajes, conceptos y sistemas para conocerlos, describirlos y genera artefactos, artilugios y aparatos para aplicarlos.

Avanzando un paso más en la refutación del mencionado adanismo, el conocimiento humano y los avances que de él se derivan, además de enraizarse en elementos preexistentes y externos al ser humano, derivan de conocimientos de otras personas que nos antecedieron. Me viene a la cabeza una cita, siempre atribuida a Isaac Newton, aunque originaria de Bernardo de Chartres, del siglo XII, que dice así: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”. Parece ser que Newton escribió esa frase en una carta a Robert Hooke, mencionando a sus predecesores Copérnico, Galileo y Kepler, queriendo indicar que lo que una persona haya podido conseguir se debe a las aportaciones de otros que le precedieron. 

Así pues, lo que las personas hacemos no es crear ni inventar ex novo sino tomar ingredientes de aquello que descubrimos o conocemos y, cuales cocineros, guisar platos novedosos o, lo que es lo mismo innovar. Y, por cierto, como quiera que hoy se tiende a ser excesivamente generosos con el término “innovar”, conviene subrayar que la genuina innovación no busca como fin generar una novedad, sino algo que de respuesta de manera efectiva a un problema concreto. Aquellas “novedades” que no cumplan dicha condición, que tanto abundan, no hacen sino introducir ruido en el sistema.

Leyendo estas líneas cabría pensar que, a mi juicio, todo está inventado, pero no es así; siempre hay espacio para el ingenio y la innovación. La sociedad humana está en un proceso de mejora continua, desarrollándose cada día nuevas ideas y soluciones para los problemas existentes. Lo que sí pienso es que no cabe creer que las personas son capaces de inventar algo totalmente diferente y nuevo sin que derive de algo previo sea sin la IA o con ella.

Entiendo que aceptar este hecho conlleva asumir las limitaciones humanas, o, lo que es lo mismo , ejercer la humildad, virtud que cotiza a la baja en nuestros días, pero es lo que hay y además venimos avisados desde antiguo. Como dice el “Predicador” en uno de los Libros Sapienciales: ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! (…) Una generación va, otra viene, pero la tierra para siempre permanece. Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir. (…) Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol. Si algo hay de que se diga: «Mira eso sí que es nuevo», aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. (Eclesiastés 1:2-10)

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