Están empeñados en amedrentarnos. No hay ocasión que pierdan para meternos el miedo en el cuerpo ni munición que desperdicien. Deben ser muchos los que vivan de esto porque el bombardeo de riesgos, peligros y amenazas es masivo y constante.
La pandemia les ha venido de perlas para ampliar su negocio del susto, y bien que lo están aprovechando, pero la mercantil del miedo ya venía rindiendo jugosos beneficios; unos en forma de poder y otros en billetes que, a la postre, son dos caras de la misma moneda. Porque, con el miedo como reclamo, prospera un enorme negocio que coloca a diario toda su gama de amenazas a cambio de libertad y no poco dinero, prometiendo hacernos más felices; especialmente más sanos y seguros. Eso sí, ni más sabios ni más buenos.
Con un catálogo de intimidación amplísimo, no hay jornada sin oferta estrella. Bien es cierto que desde hace casi dos años el virus chino ha liderado el mercado, pero no ha impedido que otros miedos sigan generando réditos, incluso los ha amplificado. La cosa debe funcionar tan bien que no paran. Cuando no es una plaga, le toca a la muerte del planeta, el terrorismo, al cáncer, las violaciones, la obesidad, los accidentes infantiles o el colesterol. Qué decir de todos los riesgos meteorológicos, los peligros del tráfico, el envejecimiento, la sequía o los apagones. Viendo las noticias es un milagro que sigamos vivos, más aún que tengamos el atrevimiento de sonreír.
Me río yo de los que iban con una campana anunciando el fin del mundo, ahora sus sucesores tienen cencerros electrónicos para hartarse y no paran de usarlos para intimidar. Si daño hacían y críticas recibían los frailes que llamaban a la conversión so pena de sufrir males terribles, hoy serían unos pobres aprendices. Cualquiera de los muchos que a diario intimidan al personal desde sus púlpitos secularizados, les dan sopas con onda. Porque además de ser legión y disponer de múltiples y sofisticados medios para sacar rédito con su corrosivo mensaje, los mercaderes del miedo han de esmerarse para sobrevivir en mercado tan competitivo.
Unos, los menos, manejan el miedo como instrumento de dominio para alcanzar y consolidar su poder. Son los que diseñan estrategias, marcan tendencias y tempos y concentran parte sustancial de los medios de comunicación. Vinculados a ellos hay otros numerosos y relevantes actores, pues la mercantil del miedo además de global abarca muchos sectores. No me entretendré en citarlos, basta pararse a pensar en quienes se benefician generando y aliviando miedos; al rato la lista no deja de crecer. Lo mismo que han proliferado esos otros muchos, muchísimos, que, a la sombra de árbol tan siniestro, buscan hacer su pequeño agosto cuando no una forma de vida.
Si los que viven del cuento son parásitos, no sabría como calificar a los que lo hacen del miedo, en particular los que se suman al alarmismo beatíficamente. -Oiga para venderme un producto saludable no hace falta que me asuste con los males del colesterol. Igual soy obeso y como pasteles por la ansiedad que me provocan los miedos que me han metido en el cuerpo. -Lo mismo le digo de la bombilla, si el planeta va a estallar, para lo que me queda, prefiero la otra que es más barata.
¡Ya les vale! Al menos por interés, la mercantil del miedo debería dosificar sus amenazas, pensando que, a la larga, el hastío produce el efecto contrario. Bastante hay con sobrellevar las inquietudes de cada día. Así cada vez son más las voces que se alzan diciendo: ¡pues va a ser que no! Porque una cosa es ser prudente, evitar riesgos y prevenir amenazas y otra muy distinta malvivir amedrentados. Va a ser que no; la libertad y la razón, diluyentes de temores, enseñan que la vida es maravillosa si no se le tiene miedo.

Toda la razón Javier, y más si no ponemos nuestra fé donde no debemos
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Así es María. El «no tengáis miedo» del gran San Juan Pablo II de 1978 supuso una bocanada de esperanza para muchos y es más actual hoy que entonces. Si entonces nos exortaba a estar listos a afrontar los desafíos de la época: el totalitarismo comunista aún vivo, el capitalismo desenfrenado, hoy se trata de algo más peligroso. Ese totalitarismo posmoderno que es mucho más eficaz para matar el alma de las personas.
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