Cuando la política deviene en símiles pleonásticos, lleva a la anti economía con efectos perniciosos para las personas y el planeta. Si el uso literario del pleonasmo es de utilidad para enfatizar, embellecer o añadir expresividad, el recurso a la demasía o redundancia innecesaria en política conlleva al despilfarro de valiosos recursos.
Entre tanto debate sobre el futuro del planeta, ojeo un estudio publicado en Nature Sustainability (2020). Concluye que, si bien, sin poner en riesgo los límites del planeta, actualmente sólo podría alimentarse a la mitad de la población mundial, reorganizando la producción y con ajustes en la dieta se podría alimentar a 10.000 millones de personas de forma sostenible. Siendo tesis esperanzadora y contraria a siniestras visiones maltusianas, merece ser subrayada. A la par me da pie a señalar otro foco de ineficiencia que pasa más desapercibido; las políticas de redundancia y demasía, exponentes negativos del modelo de desarrollo que se pretende transformar.
No cabe duda de que nuestros patrones de producción y consumo puedan y deban ser más eficientes. Aunque no es sencillo, múltiples son las razones que lo aconsejan. De hecho, muchas empresas, entidades y personas han dedicado y dedican a ello notables esfuerzos. Pero a medida que han ido cobrando mayor relevancia los daños infligidos al planeta por las ineficiencias del modelo de desarrollo vigente, la necesidad de corregir el rumbo se ha tornado en urgencia y la política ha ocupado la vanguardia del afán. Ha izado la bandera contra toda forma de ineficiencia, liderando todo tipo de transiciones. Hasta aquí, nada que objetar. El pero es que, estando tan afanada en hallar y combatir ineficiencias en tantos sectores, lo cual es positivo, se ha olvidado de mirarse en el espejo.
No negaré la existencia de iniciativas y medidas tendentes a la eficiencia en la cosa pública. Pero la realidad es que, la acción político – administrativa, va por otros derroteros; el desmedido tamaño alcanzado en todos los órdenes y la redundancia de sus estructuras y derivados es una evidencia. Lo de hacer más con memos parece aplicar a todos menos a la acción política. Explicaciones y justificaciones seguro que hay muchas. Para mí es causa principal la falta de convicción y de voluntad de quienes tienen el poder para revertir esta deriva, junto a la escasísima atención prestada a la misma, a la hora de identificar y abordar ámbitos donde urge avanzar en eficiencia.
No me extenderé en buscar ejemplos. Salta a la vista el enjambre de superestructuras creadas por la política que han proliferado, desde el ámbito local al internacional, pasando por el regional, nacional y comunitario. No pocas prescindibles por redundantes, muchas superfluas y otras sencillamente excesivas. Y qué decir de la pléyade de leyes y normativas, por no hablar de trámites y procedimientos que, cual marabunta devoran esfuerzos, tiempos y recursos. ¿Acaso la búsqueda de mayor eficiencia sólo debe limitarse a la producción de bienes de uso y consumo? Si la economía busca satisfacer las necesidades humanas mediante el empleo razonable de bienes escasos, supongo esto debe ser la anti economía. Lo más inaudito, por ser educado, es que, desde su obesidad mórbida, muchas de esas entidades políticas consumen ingentes recursos para planificar regímenes de adelgazamiento. Nunca es tarde para enmendarse. El planeta y sus habitantes lo agradeceremos.
