Una nueva cultura de la movilidad

Como todos los años se nos anuncia el fin de las vacaciones con avisos y noticias sobre operaciones de tráfico, el retorno de los atascos en las ciudades, la vuelta al colegio o el regreso al trabajo. Hasta aquí, lo normal. Pero bien pensado, alguna de estas proclamas tan manidas ha quedado un tanto demodé. Véase el caso de los atascos.

Antaño seña de identidad de las grandes ciudades, hoy las colas y retenciones han llegado a todas partes. Muestras de ello lo vemos  en verano. Da igual que se trate de la playa, la montaña, un lugar histórico o simplemente el supermercado. Toparnos con un atasco en vacaciones es de lo más frecuente.  Lo mismo ocurre fines de semana, puentes y fiestas de guardar. En fin que el síntoma por excelencia de disfunción de la movilidad, el atasco, se ha extendido como mancha de aceite y  el reto de mover personas y mercancías a satisfacción de las mismas y de los mercados hace tiempo que dejó de ser sinónimo de grandes ciudades.

Cierto es que la movilidad es uno de los principales desafíos de toda ciudad y no digamos de las grandes conurbaciones. Pero precisamente por su carácter sistémico y porque los patrones de conducta que la rigen alcanzan todo el territorio y afectan sectores, el reto de la movilidad no debe circunscribirse a lo urbano ni a unos determinados modos ni a ciertos a ámbitos de actividad. Debe abordarse como un sistema que requiere de soluciones acordes a su complejidad. No basta con las respuestas al uso. La casuística, la escala y los impactos han crecido y se han diversificado tanto en los últimos decenios que exige un  replanteamiento del enfoque. Para corregir las crecientes disfunciones del modelo vigente, si es que existe tal cosa, es preciso implantar una nueva cultura de la movilidad. Una nueva visión que comience por buscar un mayor equilibrio entre las políticas de gestión de la oferta y de la demanda de movilidad.

Hasta la fecha, salvo honrosas excepciones, la mayoría de las respuestas que se han dado se han centrado en gestionar la oferta. Ante un aumento constante de la  movilidad, se ha respondido dotando de más medios con más capacidad en la creencia de que con ello se podría encauzar la demanda. A la par la incorporación de las TICs a la gestión y la penetración de nuevas tecnologías menos contaminantes se presentan como la vía preferente para hacer más sostenible la oferta.  Y en parte no deja de ser cierto. Pero no menos real es que algunas disfunciones se han agravado y han aflorado nuevas. Así, a medida que el crecimiento de la movilidad corría en paralelo a sus impactos negativos y al rechazo social de los mismos, las políticas de gestión de la oferta se han ido topando  con sus inconsistencias. Un ejemplo evidente son esas grandes infraestructuras canalizando millones de vehículos a ciudades con crecientes restricciones al tráfico.

Si hace años las crisis energéticas o las sequías indujeron a tener que incorporar políticas activas de gestión de la demanda y comenzamos a oír hablar de ahorro y eficiencia, va siendo hora de reforzar este enfoque en las políticas de movilidad. Al  igual que hace ya tiempo algunos planteábamos que combatir el cambio climático exigía desacoplar el crecimiento del PIB de la demanda de energía y de sus emisiones, idea entonces herética, hoy debemos insistir en que la transición del modelo de movilidad convencional a un modelo sostenible pasa por desacoplar crecimiento y necesidad de movilidad. No es fácil pero sí imprescindible. Requerirá desde medidas blandas hasta cambios estructurales como los mencionados en la entrada  Movilidad urbana: 30 minutos no más pero, aunque muchos lo duden y  se opongan, no hay más opciones y cuanto antes nos lo tomemos en serio menor será el coste.

Multiplicar las acciones para gestionar la demanda reduciendo la movilidad evitable no conlleva en absoluto abandonar la gestión de la oferta sino acoplar esta a la de una demanda asumible – sostenible. Lo que si implica es asumir e impulsar una nueva cultura de la movilidad que permita dotar a las acciones de mayor coherencia en un marco más integral, eficaz y eficiente. Supone actuar para erradicar costes de la movilidad insostenible, cuya factura ahora se socializa y, aprovechar al máximo el potencial de las nuevas tecnologías y su capacidad transformadora. No menos importante sacar el mayor partido posible a medios e infraestructuras existentes en muchos casos infrautilizados y promover le economía circular en este ámbito.

La buena noticia es que la transición ya comenzó. El mundo de la logística y otros actores, públicos y privados proveedores de servicios a la movilidad bien lo saben. Día a día surgen iniciativas y no pocas administraciones están adoptando medidas. Pero la inercia es muy fuerte y embridar el crecimiento de la demanda requerirá un fuerte impulso que además debe ser homogéneo. La suma de medidas de diferentes administraciones es positiva pero su no infrecuente disparidad amén de ineficiencias genera incertidumbre y fragmentan el mercado. La movilidad por ser transversal y estratégica está demandando desde hace tiempo una autoridad nacional que oriente el proceso y configure un marco de juego común.

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