Entre tanto debate en torno a la movilidad, hoy quiero apostar por el retorno a ciudades de escala más humana reivindicando la importancia de las distancias cortas.
En las grandes ciudades lograr atender las necesidades cotidianas en tiempos razonables es todo un reto. Poder hacerlo a pie un lujo. No es de extrañar que muchos expertos opinen que, el tiempo dedicado a desplazarnos, sea uno de los factores que más negativamente inciden en el bienestar. Pero no ha sido siempre así. Cuando yo era joven, en Madrid podía hacer mi vida diaria en un radio de unos 3 km en tiempos cortos y con presupuestos bajos. ¿Qué ha sucedido? ¿Tiene solución?
Siendo el ser humano un animal territorial, la movilidad es algo innato, básico para su desarrollo. Por ello la personas hemos dedicado mucho esfuerzo a movernos más y mejor y los logros, aciertos y errores han condicionado nuestra forma de vida y transformando el entorno. El afán por la movilidad es una de las dinámicas que más ha cambiado el mundo y más ha incidido en la disponibilidad de nuestro activo más preciado, el tiempo. Las ciudades modernas son un buen ejemplo, a pesar de contar con medios mucho más rápidos, el tiempo medio dedicado a atender nuestras obligaciones de trabajo, estudio, etc., ha aumentado en detrimento de otras actividades familiares y sociales.
En 1976 el ingeniero de transportes Yacov Zahavi formuló dos hipótesis: que las personas destinaban un promedio temporal diario de una hora en sus desplazamientos principales y que, a medida que disponían de medios más rápidos, no los empleaban para ahorrar tiempo sino para desplazarse más lejos. En 1994 el físico Cesare Marchetti, partiendo de las conjeturas de Zahavi, enunció lo que se conoce como «la constante de Marchetti» o » regla de 30 minutos».
Para Marchetti la movilidad personal parece depender más de instintos básicos que de fuerzas económicas, lo que explicaría que, desde el Neolítico, los humanos hayan dedicado, en media, el mismo tiempo (1 hora ida y vuelta) para sus desplazamientos. Así, a pesar de que las circunstancias urbanas y de medios difieran a lo largo de la historia, los individuos ajustan sus vidas (ubicación de hogares, oficinas, colegios, etc.) de forma que el tiempo promedio diario dedicado a desplazarse permanezca constante. Para verificar su hipótesis comprobó que el crecimiento de las áreas urbanas ha sido proporcional a la distancia que en cada época podía recorrerse en 30 minutos desde el centro, y constató que la disponibilidad de medios más rápidos permitía su expansión sin que la constante se viese alterada.
A mi juicio la «constante de Marchetti» comenzó a fallar con el acceso masivo a medios más rápidos. Mientras la ratio rapidez de medios – expansión urbana ha seguido operando, la variable tiempo no sólo no ha permanecido constante sino que ha aumentado. La clave está en que los potentes vehículos modernos quedan frecuentemente atrapados en no menos potentes atascos que invalidan su capacidad para permitirnos recorrer distancias largas en los tiempos esperados. Que un vehículo pueda circular a 120 km/hora ya no es garantía de que podamos desplazarnos 60 km en 30 minutos. Todo dependerá del número de vehículos, es decir de la intensidad del tráfico. Paradójicamente hemos seguido diseñando ciudades más extensas, confiando en la velocidad de los medios disponibles, sin caer en la cuenta de que la ecuación ya no funciona debido al crecimiento exponencial del número de usuarios. Y cuando nos hemos dado cuenta no se nos ha ocurrido otra brillante idea que dotarnos de mayores infraestructuras que, como bien predijo Zahavi, sólo nos inducen a querer ir más lejos.
Habiendo optado erróneamente por modelos de «ciudad dispersa», a pesar de contar con medios e infraestructuras de vanguardia, el tiempo destinado a ir al trabajo es cada día mayor a medida que los centros laborales se han desplazado a la periferia por razones económicas y en no pocas ocasiones a polos opuestos a las zonas residenciales. El coste lo pagan a diario las personas y el entorno. Las dificultades de conciliación de la vida laboral y familiar y la contaminación son claros ejemplos.
La solución pasa por recuperar en la planificación urbana el principio de ‘usos mixtos’. Volver a ciudades compactas y complejas en las que los barrios combinen usos residenciales, de servicios y centros de trabajo. Viviendo a distancias cortas todos ganaríamos; las personas tendrían mejor calidad de vida, ser peatón dejaría de ser un lujo, el transporte público y los nuevos modos como la bicicleta o la movilidad eléctrica serían más eficientes y el medio ambiente nos lo agradecería. Un buen indicador de sostenibilidad urbana sería el número de vecinos que pueden cubrir sus necesidades vitales a «30 minutos no más» de sus hogares caminando o en transporte público.

Un comentario sobre “Movilidad urbana: 30 minutos no más.9”