Recuerdo que hace ya bastantes años a un niño le preguntaron si sabía que era eso del medio ambiente y con mucho aplomo respondió sí, le llaman así porque han roto el otro medio. Desde entonces poco a poco, tampoco conviene exagerar, se ha producido un creciente interés por la protección de la naturaleza y eso es bueno. Ahora bien, lo que da que pensar es por qué algo, aparentemente tan básico, como cuidar el entorno en el que vivimos, cuesta tanto ser asimilado y llevado a la práctica en sociedades que se dicen modernas y avanzadas como la nuestra. No será por falta de campañas de sensibilización, educación, normas, incentivos o sanciones. Precisamente lo que llama la atención es que, a pesar de los enormes recursos y esfuerzos dedicados a promover el espíritu ecológico, el trato cotidiano que sufre el medio ambiente sigue dejando mucho que desear. Causas seguro que hay muchas y complejas, pero hoy quiero reseñar una para mi particularmente relevante que he venido en llamar sambenitos medioambientales.
No siendo exclusivo del medio ambiente, la verdad es que resulta casi milagroso que alguien pueda tomarse en serio una idea, un concepto, que ha sido objeto de tanta ignorancia, manipulación y descrédito. Desprestigiar algo es sencillo, rehabilitar sus valores es mucho más difícil. En el caso de la protección del medio ambiente al amparo de un extendido desconocimiento de su significado, la demagogia y el oportunismo han encontrado un terreno abonado. Patrimonializado por unos como banderín de enganche progresista, rechazado por otros como lastre del progreso y banalizado cuando no ridiculizado por tantos incapaces de comprender su trascendencia, lo cierto es que, la naturaleza, su conservación y protección, ha sufrido tantas agresiones y estigmatizaciones, se le han colgado tantos sambenitos que no es de extrañar el estado en el que se encuentra.
No siendo este, espacio para sesudos razonamientos, sólo quisiera aportar un par de comentarios. Para aquellos que tienen una visión falsamente idealizada de la naturaleza, en la que el ser humano sólo juega un papel de agresor externo peligroso, decirles que las personas son parte de esa naturaleza y que sin ellas su conservación no tendría ni estímulo ni sentido pues aunque algunos crean lo contrario, los animales y las plantas no saben de conservación. Sin citar a los clásicos habría que recordar que el paisaje es un reflejo de la interacción milenaria del medio físico, plantas y animales con el hombre, un reflejo que sólo el ser humano puede percibir, entender, asimilar y transformar en idea.
Para aquellos otros convencidos de que gastar en medio ambiente no es prioritario pues al fin y al cabo es asunto un tanto superfluo que va de pájaros y flores, decirles que están radicalmente equivocados. Si hay una política social por excelencia esa es la política ambiental cuyo objetivo último es garantizar el derecho fundamental a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona. Sí amigos, la naturaleza no es asunto baladí ni materia para frivolizar pues somos parte de ella, nos acoge y sustenta siendo nuestro deber cuidarla para poder ser y vivir dignamente. Comencemos por dejar de colgarle sambenitos.

Muy buen post! Muy interesante.
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